Imagen: Ciclos CAP
Cobertura periodística con enfoque de Derechos Humanos: la dignidad de las víctimas
La treceava sesión de trabajo de los Ciclos de Actualización para Periodistas (CAP) tuvo como invitado al médico, sicólogo social e investigador en Derechos Humanos, Carlos Martin Beristain. Su exposición se centró en el periodismo con enfoque de derechos humanos, especialmente cuando se da cobertura a casos por graves violaciones a los derechos humanos.
Redacción CAP
La violencia y su falta de sentido. La violencia y su contexto. El miedo. La forma del miedo. Las víctimas, sus historias y sus circunstancias. La importancia de romper el silencio. De reparar. El periodismo, en el abordaje de graves violaciones a Derechos Humanos, puede convertirse en una herramienta para denunciar la injusticia y la impunidad. En la realización del trabajo periodístico nunca se debe perder la sensibilidad. Las y los periodistas deben ser responsables y procurar contribuir con los procesos de duelo y evitar la revictimización. Porque, en una profesión como el periodismo, las personas y sus contextos son importantes:
“¿Cómo le damos sentido a la lógica de la violencia? ¿Qué hay detrás de cada una de las historias que alguien necesita compartir?”, se pregunta el médico e investigador en Derechos Humanos, Carlos Beristain, durante la treceava sesión de los Ciclos de Actualización para Periodistas (CAP).
Beristain invita a las y los reporteros participantes del CAP a ubicarse en distintos momentos de una guerra. En los lugares donde han ocurrido graves violaciones a los Derechos Humanos. Y donde habitan –incluso años más tarde– víctimas que no han podido subsanar las pérdidas de familiares, o personas cuyas vidas han sido configuradas históricamente mediante el sufrimiento a partir de la violencia sistemática, muchas veces desde el Estado.
Así, Beristain inicia un extenso recorrido por los conflictos internos más recientes de Latinoamérica. De El Salvador a Guatemala, donde el expositor trabajó durante los años 80, y más tarde, durante los 90 cuando participó en el equipo coordinador del informe Guatemala Nunca Más, el proyecto lnterdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI), a cargo de monseñor Juan José Gerardi.
“Las guerras siempre vulneran los Derechos Humanos. Pero hay que tratar de entender cada conflicto. Sus detalles. Por ejemplo, dice, refiriéndose al conflicto armado en El Salvador, “ahí la guerra se veía y se sentía en la calle, en cambio en Guatemala la guerra se desarrollaba en el área rural, era invisible desde la ciudades, casi todo ocurría en las montañas de Guatemala”, recuerda Beristain.
La treceava sesión del CAP 2018-2019 se enfocó en el Derecho de las Víctimas y su lucha contra la impunidad
Las experiencias latinoamericanas de conflicto parecen repetirse. Y Beristain ha pasado de Centroamérica a Colombia y México en los últimos años. Cada guerra, dice, contiene sus propios elementos. Actores únicos. Y víctimas también únicas. Pero en cada una, advierte, el patrón de violencia contra la vida humana está siempre presente.
“Para entender la lógica de la violencia, vimos que era necesario pasar de la indefinición, de la confusión, a un concepto de complejidad. Definir lo que ocurre, siempre es clave para entender los contextos bélicos”, explica el médico investigador.
La violencia de cada región necesita también de explicaciones propias. No ocurren al azar. Las causas de un conflicto bélico repercuten en la realidad de miles de personas. Crea víctimas. Colectivos enteros en procesos dolorosos de duelo, y en muchas ocasiones, ese estado prevalece durante años sin poder concluir o repararse. “Cuando las cosas carecen de sentido, pueden doler aún más”, dice Beristain. “Sobre todo cuando recurrentemente la lógica de los Estados no es procurar los Derechos Humanos de las personas sino la Seguridad Nacional. En Colombia hay negación de lo que ocurre. En México el poder utiliza eufemismos para invisibilizar las violaciones a Derechos Humanos”, afirma.
Hay necesidad de analizar los orígenes de la violencia en cada región. Darle un nombre al terror. Una forma para que se pueda asimilar. Porque, en muchas ocasiones, la violencia que carece de sentido se transforma con el tiempo en miedo permanente. Y el miedo sin sentido prevalece como trauma. Y puede configurar el comportamiento de toda una sociedad.
Por ejemplo, en México, el miedo está configurado actualmente por lo geopolítico, por la guerra contra el narcotráfico, por el tráfico de personas, por la corrupción. “Menos Derechos Humanos significa más corrupción. Y en consecuencia más violencia, y más víctimas”, dice Beristain.
Beristain explica la necesidad de darle forma al miedo para poder entenderlo.
La violencia, cuando es procurada por los gobiernos, tiene implicaciones políticas muy profundas y puede afectar a la sociedad a lo largo de periodos de tiempo indeterminados.
El dilema para las profesiones como el periodismo radica en cómo visibilizar los efectos estructurales de la violencia. Qué herramientas utilizar. Cómo se debe tratar y abordar a las víctimas. Y cómo, desde las historias de vida, se pude explicar la violencia de un país, el miedo colectivo, la corrupción, con el propósito de romper la cadena de impunidad.
En este sentido, para Beristain, la perspectiva generacional es un factor importante a tomar en cuenta al momento de narrar la violencia. El miedo de los adultos no es el mismo miedo de los jóvenes. Para unos, el miedo puede ser el ejército, la policía, un dictador, la represión, el pasado; en tanto para las juventudes, el miedo se da ante el futuro que genera incertidumbre, ante la herencia de temer que nunca se dejará de tener miedo.
El problema, señala el expositor, es cuando el miedo y la violencia se vuelven indefinibles. Una sombra. Algo que prevalece sin explicación. “Lo peor es el miedo a lo indeterminado. Por eso es importante ponerle nombre al miedo. Saber cómo es el perro que muerde”, explica Beristain a las y los reporteros CAP sobre cómo el periodismo puede ser un instrumento de acercamiento para las personas que han sufrido violencia de manera estructural.
Por eso, el acercamiento de las y los reporteros hacia las víctimas de la violencia y de graves violaciones contra los Derechos Humanos debe tener un elemento más allá de sólo periodismo. El trabajo periodístico sobre personas vulnerables debe contener herramientas psicológicas, hay que escuchar, entender el trauma, describir sin estigmatizar. “Hay abogados a los que cada caso de violencia sólo encaja en el artículo tal o cual de alguna ley y se olvidan de las personas. Se olvidan de lo que pueden sentir las víctimas y se descuidan los procesos de duelo”, lo mismo puede pasar en el periodismo, dice Beristain.
Un periodista o una periodista responsable es atento a los cierres de las experiencias traumáticas de cada una de las personas a las que entrevista. Muchas de las personas que quieren contar su historia viven con una marca social. Un estigma social que los minusválida en sus comunidades. Se convierten en personas normales viviendo circunstancias anormales.
“En la mayoría de los casos de violencia, se debe proteger la identidad de las víctimas. Bajar el perfil, con el fin de cuidar a las personas”, enfatiza el expositor.
El periodismo debe rescatar, además, la dignidad de las personas entrevistadas cuando narran hechos de dolor. Las historias humanas son las que valen la pena contar. Tienen el impacto de la denuncia. Y las víctimas, al romper el silencio, tienen el derecho de saber que las experiencias sufridas que cuentan tienen sentido cuando evitan que algo negativo y violento vuelva a ocurrir.
Beristain dice: “Una entrevista ayuda a enfrentar el miedo. Pero también hay que saber entrevistar. Hay que reflexionar sobre cómo se pregunta. Cómo se reconoce la dignidad de los entrevistados”.
Para entender la lógica de la violencia, vimos que era necesario pasar de la indefinición, de la confusión, a un concepto de complejidad. Definir lo que ocurre, siempre es clave para entender los contextos bélicos.
Al periodismo no solo le deben interesar los datos, los hechos. Debe prestar atención a las necesidades de las víctimas, a sus intereses. Las y los sobrevivientes son personas con historias negadas. En muchas ocasiones, han esperado décadas para contar su historia, recordar a sus familiares fallecidos, cerrar el duelo, y esperan que su experiencia aporte de alguna forma a la vida de los demás. Buscan que lo que sufrieron no se repita. El periodismo también puede contribuir a los procesos de reparación, si las historias se cuentan de una manera adecuada y respetuosa al contar este tipo de realidades.
La lucha por la justicia debe ser contra la impunidad. Y en ese proceso, se debe tomar en cuenta a las víctimas. En países como los de Latinoamérica, la búsqueda de justicia para quienes han sido afectados en su condición humana suele ser estresante, por eso hay que acercarse a las víctimas y sobrevivientes con respeto y tener muy claro que no son responsables de nada de lo que les ocurrió.
Porque como indica Beristain, las víctimas no son únicamente fuente de dolor y sufrimiento, también nos enseñan cosas, son ejemplo de valentía y perseverancia. Y siempre, como explica el experto, hay que tomar en cuenta su dignidad, ese es el elemento fundamental a preservar.
La lucha contra la impunidad es importante para estas personas que han sufrido graves violaciones a sus Derechos Humanos. “Ninguna reconstrucción del tejido social se puede hacer sobre la base de la negación”, reitera, y en eso el periodismo tiene mucho que aportar. “Hay que tener capacidad de escuchar y de describir con otra lógica, con otro enfoque, lo que ocurrió. Cuidado con los discuros y las narrativas estigmatizantes”, dice Beristain antes de finalizar la sesión.
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